Imagínate que vas tranquilamente en un avión cruzando el charco, con la mente ya puesta en las playas de Mallorca, y de repente la tripulación empieza a pedir de forma insistente que todo el mundo apague el Bluetooth. Esto es exactamente lo que vivieron los pasajeros del vuelo UA236 de United Airlines, que partió del aeropuerto de Newark con destino a Palma y acabó protagonizando un aterrizaje de emergencia que nadie esperaba.
La aeronave, un Boeing 767 que transportaba a casi doscientas personas, ya llevaba un buen rato sobrevolando las aguas del Atlántico cuando la situación se puso fea. Lo que parecía un viaje rutinario hacia el archipiélago balear se transformó en un quebradero de cabeza cuando los sistemas de seguridad o los propios pasajeros detectaron una señal inalámbrica con un nombre que hacía saltar todas las alarmas: la palabra bomba en inglés.
Un despegue hacia España que terminó en retorno

El vuelo había despegado puntualmente el sábado por la tarde desde Nueva Jersey, pero apenas un par de horas después, el comandante tuvo que tomar una decisión drástica. Al parecer, las instrucciones llegaron directamente desde la sede central de la compañía en Chicago, donde no quisieron andarse con chiquitas ante la posibilidad de una amenaza real a bordo del aparato.
La tripulación de cabina hizo varios anuncios por megafonía pidiendo la desconexión total de cualquier aparato electrónico que tuviera activada la búsqueda de dispositivos. A pesar de la seriedad del aviso, parece que un par de pasajeros se hicieron los remolones y no apagaron sus terminales, lo que obligó a los pilotos a declarar la emergencia mediante el código 7700 y poner rumbo de vuelta a casa.
La pesada broma detrás del nombre del dispositivo
En el mundo de la aviación, las bromas de mal gusto se pagan muy caras, y ponerle a tus auriculares o a tu móvil el nombre de BOMB es comprar todas las papeletas para que la líes parda. Según las grabaciones de la torre de control, el problema fue precisamente ese: un dispositivo que aparecía en la lista de conexiones con esa palabra de cuatro letras tan poco afortunada en un entorno aéreo.
Tras el aterrizaje forzoso en Newark, la policía de la autoridad portuaria no tardó en identificar al dueño del aparatito. Resultó ser un chico de 16 años que, seguramente sin medir las consecuencias de sus actos, había renombrado su conexión Bluetooth de esa forma. El joven fue inmediatamente detenido por los agentes mientras el resto de los viajeros asimilaba lo que acababa de ocurrir.
Protocolos de seguridad y evacuación en pista

Una vez que el avión tocó tierra de nuevo en suelo estadounidense, el protocolo no se relajó ni un ápice. Todos los pasajeros fueron obligados a abandonar la cabina llevando consigo únicamente su pasaporte y su teléfono móvil, mientras equipos especializados inspeccionaban cada rincón de la bodega y del interior del Boeing para descartar cualquier peligro real.
Fue un proceso lento y tedioso que obligó a los viajeros a pasar de nuevo por los controles de seguridad y de inmigración, como si acabaran de llegar de un vuelo internacional. La tensión era palpable entre quienes veían cómo sus vacaciones en España se retrasaban por culpa de una ocurrencia infantil que movilizó a medio aeropuerto de Newark esa noche.
Un desenlace con final feliz en Palma de Mallorca
Por suerte, tras confirmar que no había ningún explosivo y que todo se reducía a un nombre en una pantalla, la aerolínea dispuso otro avión para que los afectados pudieran completar su trayecto. La nueva aeronave despegó de madrugada y, aunque con muchas horas de retraso, los turistas y residentes llegaron finalmente a la isla de Mallorca el domingo por la mañana.
Al final, lo que comenzó como una alerta terrorista en toda regla se quedó en un susto morrocotudo y una anécdota para contar a la vuelta de las vacaciones. Este suceso nos recuerda lo importante que es ser responsables con el uso de la tecnología, ya que un simple cambio de nombre en el Bluetooth puede provocar un despliegue de seguridad internacional, detenciones legales y miles de euros en pérdidas para las compañías aéreas.

