El fin del soporte de Windows 10 ha puesto contra las cuerdas a millones de usuarios y empresas en todo el mundo, especialmente en Europa y en países como España, donde el sistema operativo lanzado hace una década sigue muy arraigado. Desde la retirada oficial de las actualizaciones de seguridad, la situación ha dejado claro que la transición a Windows 11 es bastante más complicada de lo que Microsoft hubiera deseado.
Mientras el fabricante empuja con fuerza hacia Windows 11 y los nuevos PC con inteligencia artificial integrada, una enorme base de dispositivos continúa anclada en Windows 10: muchos por decisión propia y otros tantos porque no cumplen los requisitos de hardware del sistema más reciente. El resultado es un panorama fragmentado en el que conviven PCs actualizados, equipos incompatibles, usuarios que se resisten al cambio y empresas que intentan encajar todas estas piezas sin poner en riesgo su seguridad ni su bolsillo.
Fin del soporte: qué implica y a quién afecta
El 14 de octubre de 2025 marcó la fecha señalada en rojo en el calendario de Microsoft: el día en que Windows 10 dejó de recibir actualizaciones de seguridad, correcciones de errores y soporte técnico estándar. A partir de ese momento, cualquier vulnerabilidad nueva que aparezca en el sistema dejará los equipos expuestos, salvo para quienes se acojan a programas de soporte extendido.
Según estimaciones de la industria, más de la mitad de los ordenadores del mundo seguían funcionando con Windows 10 en el momento de cumplirse ese plazo. Entre ellos se incluye una parte importante del parque informático europeo, donde pymes, autónomos, centros educativos y hogares continúan confiando en equipos que, a nivel de hardware, siguen siendo perfectamente válidos para las tareas diarias.

El problema es que una vez cortado el grifo de los parches, estos dispositivos quedan desprotegidos frente a malware, troyanos, ransomware y ataques dirigidos. Para muchos usuarios domésticos, la consecuencia inmediata no es visible porque el sistema sigue arrancando y funciona como siempre; sin embargo, a medio plazo el riesgo de incidentes de seguridad se dispara, algo especialmente delicado para quienes realizan compras en línea, banca digital o gestionan datos sensibles desde esos equipos.
Las cifras que preocupan: 1.500 millones de PCs y una adopción muy lenta de Windows 11
Las magnitudes del cambio ayudan a entender la dimensión del problema. De acuerdo con Jeffrey Clarke, director de Operaciones de Dell, en el ecosistema Windows hay aproximadamente 1.500 millones de ordenadores activos. De ellos, unos 500 millones ejecutan Windows 11, mientras que alrededor de 1.000 millones siguen en Windows 10.
Dentro de ese enorme bloque de dispositivos con Windows 10, Clarke distingue dos grupos muy claros: unos 500 millones de ordenadores que podrían actualizar a Windows 11 pero todavía no lo han hecho y otros 500 millones, con más de cuatro años de antigüedad, que directamente no cumplen los requisitos técnicos para dar el salto. Entre esos requisitos se encuentran la necesidad de un chip de seguridad TPM y ciertas generaciones mínimas de procesador, que dejan fuera a muchos equipos vendidos a principios y mediados de la década pasada.
Para la industria del PC, esta situación representa, en teoría, “ricas oportunidades para actualizar a Windows 11 y a tecnología moderna”, en palabras del propio Clarke, especialmente mediante la venta de nuevos ordenadores con funciones de inteligencia artificial. Sin embargo, en la práctica, el directivo reconoce que el mercado se mantendrá “relativamente plano” en los próximos meses: los usuarios no están renovando al ritmo que los fabricantes esperaban.

La propia Dell calcula que la adopción de Windows 11 va entre 10 y 12 puntos porcentuales por detrás del ritmo que siguió Windows 10 en una fase comparable de su vida útil. En otras palabras, ni la fecha de fin de soporte ni las campañas insistentes de actualización han bastado, de momento, para convencer a una parte enorme de usuarios de que cambien de sistema operativo.
Europa y España: muchos PCs siguen abonados a Windows 10
Si miramos el caso de Europa y, en particular, de España, la fotografía no es muy diferente. Los datos de firmas de análisis como StatCounter reflejan que alrededor de la mitad de los ordenadores de sobremesa del país continúan utilizando Windows 10, mientras que Windows 11 mantiene una cuota claramente menor, en torno a un tercio dentro del ecosistema Windows.
Eso se traduce en que, de cada diez PCs con sistema operativo de Microsoft en España, unos cinco siguen anclados en Windows 10 pese al fin de soporte. La diferencia con otros mercados donde Windows 11 se ha impuesto con mayor rapidez evidencia una cierta resistencia al cambio por parte de usuarios y empresas españolas, bien por coste de renovación, por temor a problemas de compatibilidad o, sencillamente, por inercia y comodidad con un entorno que conocen y consideran estable.
En el continente europeo esta tendencia también se deja notar, sobre todo en pymes, administraciones locales, centros educativos y hogares con recursos limitados. Para muchos de ellos, sustituir equipos que todavía funcionan correctamente supone un gasto difícil de justificar, incluso aunque sean conscientes del incremento de riesgo que implica seguir trabajando con un sistema sin parches de seguridad.
Extensión de soporte, cuentas Microsoft y programas ESU
A medida que se acercaba la fecha del fin de soporte, Microsoft se vio obligada a introducir cierto margen de maniobra. Pocos días antes del 14 de octubre, la compañía anunció un año adicional de soporte gratuito para Windows 10, pero con una condición clave: los usuarios debían utilizar una cuenta de Microsoft asociada al sistema.
En la práctica, esto significa que quienes trabajen con Windows 10 vinculado a una cuenta online de Microsoft seguirán recibiendo actualizaciones de seguridad durante ese periodo extra sin coste adicional. En caso de preferir una cuenta local, el usuario deberá iniciar sesión con una cuenta de Microsoft al menos una vez cada 90 días para mantener activo ese flujo de parches gratuitos.
Esta prórroga lleva el fin definitivo del soporte extendido gratuito hasta el 14 de octubre de 2025. Llegada esa fecha, quienes quieran continuar recibiendo actualizaciones de seguridad deberán recurrir, previsiblemente, a programas de pago del tipo Extended Security Updates (ESU) o bien plantearse la renovación de sus equipos y la migración completa a Windows 11. De lo contrario, los ordenadores quedarán a merced de nuevos fallos de seguridad sin ningún tipo de mitigación oficial.
Empresas europeas ante el reto: el caso de Telefónica en España
El cese de soporte a Windows 10 ha tenido un impacto particular en el mundo corporativo. Muchas empresas europeas, y españolas en concreto, dependen aún de un número elevado de ordenadores con este sistema; en algunos sectores, cerca de la mitad del parque informático sigue sin haber dado el salto.
Para evitar que esta situación se traduzca en un aumento de incidentes de ciberseguridad, algunos operadores y proveedores tecnológicos han empezado a ofrecer planes específicos de transición. En España, por ejemplo, Telefónica Empresas ha lanzado distintas líneas de actuación pensadas para que las compañías puedan seguir operando con normalidad tras el fin del soporte:
- Migración completa a Windows 11, con servicios de consultoría, auditoría, pruebas de concepto, formación y soporte.
- Renovación de equipos con nuevos dispositivos compatibles, incluidos PCs con hardware de inteligencia artificial dedicado.
- Contratación de licencias Extended Security Updates (ESU) para prolongar durante unos años más la recepción de parches de seguridad en Windows 10.
Según explica Eduardo Ariste, director general de Empresas de Telefónica España, la idea es que las organizaciones “puedan seguir con su negocio el día después del fin del soporte a Windows 10, sin sobresaltos derivados de la obsolescencia o de posibles brechas de seguridad”. Para muchas compañías, especialmente las que trabajan con datos sensibles o servicios críticos, no actualizar ya no es una opción realista.
Esta transición coincide, además, con la llegada de los llamados Copilot+ PC, una nueva generación de ordenadores que integran procesadores neuronales avanzados capaces de ejecutar funciones de inteligencia artificial directamente en el dispositivo. Estos equipos prometen mayor rendimiento, mejor autonomía y nuevas capacidades de productividad, algo que los proveedores están aprovechando como gancho adicional para impulsar la renovación del parque tecnológico, también en regiones como Baleares, donde ya se aprecia un creciente interés empresarial por la IA aplicada al puesto de trabajo.
Obsolescencia, coste y medio ambiente: el otro lado del fin de soporte
Más allá de la faceta puramente técnica, el final de la vida útil de Windows 10 ha reabierto el debate sobre la obsolescencia programada del software y el impacto económico y ambiental asociado. Distintas organizaciones y expertos en sistemas informáticos subrayan que la decisión de cortar el soporte deja fuera de juego a cientos de millones de equipos que todavía podrían seguir funcionando durante años para tareas cotidianas.
Se calcula que en torno a 400 millones de dispositivos no pueden actualizar a Windows 11 por restricciones de hardware. No se trata de ordenadores inservibles, sino de máquinas que realizan sin problemas funciones como ofimática, navegación web, gestión básica de archivos o reproducción de contenidos. Sin embargo, al quedar sin actualizaciones de seguridad, muchos usuarios se sienten forzados a adquirir equipos nuevos antes de tiempo.
Esta dinámica tiene un coste directo para familias con menos recursos, pequeñas empresas y estudiantes, que se ven obligados a destinar parte de su presupuesto a la compra de nuevo hardware. Al mismo tiempo, contribuye a aumentar el volumen de residuos electrónicos, un problema especialmente grave en Europa, donde las instituciones llevan años intentando reducir la huella ambiental de la industria tecnológica mediante iniciativas como el derecho a reparar o el fomento del reacondicionamiento.
Algunas voces en el sector reclaman políticas públicas que obliguen a ofrecer ciclos de soporte más amplios o que incentiven el uso de soluciones alternativas, como el software libre y los sistemas operativos de código abierto, capaces de prolongar la vida útil de los dispositivos sin necesidad de renovarlos cada pocos años. La cuestión de fondo, apuntan, es si el modelo actual responde más a las necesidades reales de usuarios y organizaciones o a la búsqueda constante de nuevas ventas de hardware y licencias.
Alternativas al salto directo: de Windows 10 a Linux
Una parte de los usuarios ha decidido que, ante el fin del soporte de Windows 10, no quiere o no puede pasar por Windows 11. Las razones van desde los requisitos de hardware exigentes hasta las dudas sobre privacidad y el rechazo a ciertas funciones basadas en inteligencia artificial que se integran cada vez más en el sistema.
En este escenario, algunas distribuciones de Linux han empezado a ganar tracción como refugio para quienes buscan alargar la vida de sus ordenadores sin renunciar a un entorno relativamente familiar. Es el caso de propuestas pensadas específicamente para usuarios procedentes de Windows y que ofrecen interfaces similares, con menú de inicio, barra de tareas y disposición de elementos que recuerdan a lo que los usuarios ya conocen.
Estas alternativas suelen incluir capas de compatibilidad que permiten ejecutar aplicaciones diseñadas para Windows, así como la posibilidad de integrar servicios web populares (como suites ofimáticas online o herramientas de colaboración) como si fueran programas nativos. Aunque no están exentas de limitaciones —por ejemplo, en el ámbito de los videojuegos o de cierto software muy especializado—, resultan una vía interesante para hogares, estudiantes o pequeñas organizaciones que no pueden acometer una renovación de hardware inmediata.
El auge de estas opciones no implica que Linux vaya a desbancar a Windows en el corto plazo, pero sí muestra que una parte de la base de usuarios de Windows 10 está explorando salidas fuera del ecosistema de Microsoft a raíz del fin del soporte, especialmente en aquellos casos donde priman el ahorro, la reutilización de equipos y la preocupación por la seguridad.
Con todo este contexto encima de la mesa, queda un panorama en el que Windows 10 sigue muy vivo pese a haber perdido el respaldo oficial, millones de ordenadores europeos continúan dependiendo de él y tanto fabricantes como proveedores de servicios buscan fórmulas para encauzar una transición que avanza mucho más despacio de lo que la industria preveía. Entre la presión por actualizar, el coste de renovar equipos, las alternativas basadas en soporte extendido o software libre y la creciente preocupación por los residuos electrónicos, cada usuario y cada empresa tendrá que decidir cómo quiere encarar el día después del adiós definitivo a Windows 10.