Por qué Windows en ARM se estrelló y Apple sí ha triunfado

  • Windows RT y los primeros intentos de Microsoft en ARM fracasaron por falta de ecosistema y compatibilidad con el software clásico de Windows.
  • Apple preparó durante años su transición a ARM y lanzó Mac con chips propios ofreciendo compatibilidad transparente y mejoras claras en rendimiento y autonomía.
  • El enorme legado de aplicaciones x86 hace que a Microsoft le resulte casi imposible forzar una migración completa a ARM sin poner en riesgo a millones de usuarios.
  • Mientras Windows on ARM sigue siendo percibido como una apuesta incierta, el MacBook Neo consolida la estrategia ARM de Apple en portátiles de precio contenido.

Windows en ARM y su fracaso en el mercado

Desde hace años, el sector lleva dándole vueltas al fracaso de Windows en ARM mientras mira con cierta envidia cómo Apple ha conseguido que sus Mac con procesadores propios arrasen sin despeinarse. El debate ha vuelto a encenderse con la llegada del MacBook Neo, un portátil barato para ser Apple, con chip de iPhone y un rendimiento que ha dejado a muchos con la boca abierta.

La pregunta que se ve por todas partes es algo así como: «¿Cómo puede ir tan bien un portátil de unos 700 euros con un chip de móvil?». Para ser claros, la duda llega tarde y mal. Hace más de una década que se veía venir que los procesadores ARM iban a plantar cara muy en serio a los chips x86 en portátiles, y Apple ha sabido aprovechar ese tren mientras Microsoft sigue atrapada en su propio pasado.

De los iPhone al MacBook Neo: el camino lógico hacia el ARM en el portátil

Cuando John Gruber analizó los iPhone 6S en 2015, descubrió que el Apple A9 rendía de forma comparable al Core M de 1,1 GHz del MacBook de ese mismo año, un equipo que costaba más de 1.300 dólares; aquel dato ya dejaba clara la potencia brutal de los chips móviles de Apple frente a procesadores de portátil mucho más caros. No era una curiosidad técnica, era una señal clarísima de hacia dónde iba el mercado.

Desde principios de la década pasada era evidente que los SoC de los iPhone y iPad igualaban o superaban a muchos procesadores x86 de portátiles; eso convertía en inevitable que Apple, tarde o temprano, abandonara Intel y diera el salto definitivo a ARM. Que el cambio llegara con el M1 en 2020 solo confirmó algo que los más atentos llevaban años esperando.

El M1 nos dejó a todos descolocados por su mezcla de potencia y eficiencia, pero el MacBook Neo ha tenido otro efecto: ha democratizado esa idea en un formato mucho más asequible, con un Apple A18 Pro que viene directamente del iPhone. Aunque sea menos potente que los M de sobremesa o de gama alta, para el usuario medio el rendimiento va sobradísimo y el precio se sitúa en una franja donde casi no hay rivales tan redondos.

Lo que llama la atención es que Apple, precisamente una marca famosa por no ser barata, haya lanzado un portátil con este posicionamiento: hardware solvente, buena autonomía, chip ARM de móvil y precio muy contenido. Este movimiento, que muchos veían posible desde hace tiempo, ha sido interpretado por algunos como la prueba de que la visión de Windows en ARM tenía sentido… pero llegó en el momento equivocado y con la ejecución equivocada.

En este contexto aparece la figura de Steven Sinofsky, exresponsable de Windows y Windows Live, que ha comprado un MacBook Neo y lo describe como un cambio de paradigma. Lo interesante no es solo su entusiasmo con el equipo de Apple, sino que lo compara directamente con lo que Microsoft intentó hacer en 2012 con Surface RT y Windows RT, asegurando que, en el fondo, aquello era el MacBook Neo de su época, pero el mercado no estaba listo.

Surface RT y Windows RT: el primer gran tropiezo de Windows en ARM

Surface RT y Windows RT en la era ARM

Cuando Microsoft lanzó Surface RT, la idea sobre el papel no sonaba tan descabellada: un dispositivo ligero, con procesador ARM (NVIDIA Tegra), buena autonomía, precio relativamente ajustado y un Windows adaptado al nuevo formato táctil. En la práctica, aquella propuesta chocó de lleno con la realidad del ecosistema de Windows y acabó convertida en un ejemplo de manual de cómo no hacer una transición de plataforma.

Surface RT montaba una pantalla de 10,6 pulgadas, tamaño que sobre el papel parecía manejable, pero que en el uso real se quedaba corto para trabajar de verdad muchas horas. El soporte táctil era llamativo y vistoso, pero el tiempo ha demostrado que para la mayoría de tareas serias la gente sigue prefiriendo ratón y teclado como herramientas principales. Lo táctil está bien como complemento, no como sustituto absoluto.

El problema gordo, sin embargo, no estaba tanto en el hardware como en el software. Windows RT era, en esencia, un Windows que se parecía a Windows, pero que no podía ejecutar las aplicaciones clásicas de Windows basadas en x86. Todo el universo Win32 que había hecho tan popular a la plataforma desaparecía de un plumazo en estos equipos.

Los usuarios se encontraban con un sistema que no servía para ejecutar sus programas de siempre: no había compatibilidad con la mayoría de juegos, herramientas de productividad, utilidades o aplicaciones profesionales de toda la vida. Microsoft intentó compensar con una versión de Office adaptada y algunos títulos puntuales, pero resultaba evidente que el catálogo era raquítico. Para cualquiera que llevara años usando Windows, Windows RT no era “el Windows de toda la vida”, y eso pesaba muchísimo en la decisión de compra.

Al final, Surface RT y Windows RT no resolvían ningún problema concreto: no ofrecían mejor rendimiento que un portátil convencional, no tenían un ecosistema de aplicaciones maduro como iOS o Android y, para colmo, no permitían aprovechar el gigantesco catálogo de software de Windows x86. En la práctica, el producto se quedaba en tierra de nadie, un híbrido que no destacaba en nada y que, lógicamente, fue rechazado por el mercado.

Un sistema operativo que parecía Windows… pero no lo era

Muchos analistas y usuarios criticaron desde el primer día que Windows RT fuese un “Windows que no es Windows”. Durante años, el gran valor de la plataforma había sido poder usar aplicaciones como Photoshop, AutoCAD, reproductores multimedia, herramientas de oficina, mensajería, juegos, utilidades de todo tipo; de repente, Microsoft pretendía que el público aceptara una versión recortada donde la inmensa mayoría de ese software no existía.

La situación se complicaba porque, en paralelo, las tablets con iOS y Android crecían a un ritmo brutal, con tiendas de apps llenas de juegos, aplicaciones de productividad, clientes de correo, redes sociales, multimedia y casi cualquier cosa que el usuario medio pudiera pedir. Frente a eso, el catálogo de la tienda de Windows para RT parecía pobre, muy lejos en cantidad y calidad de las alternativas móviles dominantes.

Por otro lado, las tablets con Windows x86 de la gama Surface Pro demostraban que sí había demanda para dispositivos híbridos que ejecutaran “el Windows completo”. Equipos con procesadores Core i5 que ofrecían compatibilidad total con aplicaciones de escritorio, aunque a cambio de precios mucho más altos; el mensaje implícito era claro: si querías la experiencia auténtica de Windows, necesitabas x86, y pagar por ello.

Esta dicotomía confundía al usuario medio: por un lado había una tablet Surface RT más barata pero limitada, por otro las Surface Pro más caras pero plenamente compatibles. En lugar de una evolución clara hacia ARM, Microsoft creó un escenario donde la versión tradicional de Windows seguía siendo la referencia, mientras que Windows RT parecía una especie de experimento a medio hacer.

El resultado económico fue demoledor. Menos de un año después del lanzamiento, en julio de 2013, Microsoft tuvo que reconocer un impacto de unos 900 millones de dólares por el fiasco de Surface RT y Windows RT; se habían quedado con un stock importante de dispositivos que no se vendían, y el mercado ya daba la plataforma prácticamente por muerta. A ojos de muchos, Windows RT había nacido sentenciado.

El factor ecosistema: donde Microsoft se la pegó y Apple sí hizo los deberes

Steven Sinofsky insiste en que el fallo no estuvo ni en el hardware ni en la idea general, sino en la gestión del ecosistema. Microsoft planteó Windows RT como una versión de Windows para ARM centrada en la nueva plataforma WinRT, más segura, con apps táctiles modernas y pensada para la movilidad. El problema es que la compañía intentó empujar al ecosistema demasiado deprisa, sin darle a desarrolladores y usuarios un puente cómodo entre el viejo mundo Win32 y el nuevo modelo de aplicaciones.

Mientras tanto, Apple siguió una estrategia totalmente distinta. Cuando introdujo los Mac con procesadores Apple Silicon, no lo hizo como una alternativa opcional, sino como el nuevo estándar: dejó de lanzar nuevos Macs con Intel y forzó la transición de toda la gama a ARM. Eso sí, cuidando al máximo que la mayoría de usuarios apenas notaran el cambio de arquitectura.

Para lograrlo, Apple puso en marcha una serie de medidas que Microsoft nunca ha llegado a replicar con tanto éxito: herramientas para recompilar apps fácilmente, incentivos claros para que los desarrolladores migrasen sus aplicaciones, y una capa de emulación tan pulida que, para la mayoría, las apps que no eran nativas seguían funcionando sin dramas apreciables. El resultado fue que los usuarios de Mac no sintieron que estuvieran entrando en un territorio experimental.

En cambio, en la época de Windows RT, el usuario se encontraba con un dispositivo donde el “nuevo” ecosistema prácticamente no existía, y el “viejo” no era compatible. Este choque frontal con las expectativas del público hizo que las Surface RT parecieran peores que cualquier tablet Android o iPad de gama alta, porque ni tenían un buen ecosistema táctil ni admitían las aplicaciones clásicas de escritorio.

Hoy, con el MacBook Neo, Apple juega con ventaja: su ecosistema ARM está consolidado desde los M1, las herramientas son maduras y el usuario medio tiene claro que, si compra un Mac, sus programas van a funcionar, la batería va a durar más que en un portátil medio y el rendimiento será muy sólido para uso diario. En otras palabras, el MacBook Neo resuelve los mismos problemas de siempre, pero de forma más eficiente, mientras que Windows RT no solucionaba nada que no estuviese ya mejor cubierto por otros productos.

Windows on ARM en 2024-2026: Copilot+ PC, Snapdragon y los mismos fantasmas

Una década larga después del tropiezo de Surface RT, Microsoft volvió a la carga con Windows on ARM apoyándose en chips de Qualcomm y en la narrativa de los ordenadores con IA, los llamados Copilot+ PC. Sobre el papel, estos equipos prometían gran autonomía, rendimiento competitivo y capacidades de IA integradas gracias a sus NPU, todo ello en arquitecturas ARM más eficientes.

Sin embargo, los informes que han ido apareciendo apuntan a que el Snapdragon 8 para portátiles prácticamente no se está vendiendo en el mercado general, y los rumores señalan que Microsoft estaría reconsiderando su apuesta exclusiva por ARM en sus propias Surface, estudiando el regreso a Intel e incluso a AMD en algunos modelos futuros.

A este clima de incertidumbre se suma la noticia de que Qualcomm ha cancelado su kit de desarrollo para Windows en Snapdragon, reembolsando los pedidos existentes. Para muchos, este movimiento es una señal de que la apuesta por Windows en ARM no ha cuajado como se esperaba y que no hay suficiente masa crítica de desarrolladores y usuarios como para mantener la inercia solo por fe en la plataforma.

En 2024, Microsoft presumía de que un 87% del tiempo de uso en Windows on ARM ya correspondía a aplicaciones con versión nativa ARM64 o bien a experiencias optimizadas, apoyándose en Prism, su nueva capa de emulación para aplicaciones x86 y x64 con mejor rendimiento. Sobre el papel, esta cifra sonaba muy bien y reflejaba una gran mejora frente a la era Windows RT, donde prácticamente no había software nativo preparado para ARM.

Aun así, la percepción del mercado sigue siendo tibia. Para el usuario profesional o empresarial, cualquier duda sobre compatibilidad pesa mucho más que las ventajas potenciales de rendimiento o autonomía. Si una VPN corporativa, una solución de seguridad concreta o una aplicación crítica no funciona en ARM, la decisión de compra se cae entera, por muy llamativo que sea el marketing de la inteligencia artificial integrada.

La carga del legado: por qué Microsoft lo tiene tan difícil

Uno de los factores clave que explican el fracaso relativo de Windows en ARM es el peso del pasado. Hay millones de ordenadores con Windows en empresas y hogares ejecutando aplicaciones que tienen entre 5 y 40 años, muchas de ellas desarrolladas a medida, sin mantenimiento activo o sin alternativa en la nube. Para estos usuarios, la compatibilidad hacia atrás no es un capricho, es una necesidad absoluta.

Cuando una organización renueva su parque de PCs, quiere garantías de que todo va a seguir funcionando exactamente igual. Con un portátil Windows sobre x86 de Intel o AMD, esas garantías son altas; con ARM, siempre queda la duda de si la emulación va a ser suficiente, si habrá problemas de rendimiento, incompatibilidades sutiles o fallos que solo aparecerán cuando ya sea demasiado tarde. El riesgo percibido es enorme y, por definición, las empresas odian el riesgo tecnológico que no controlan.

Para que alguien se plantee comprar un portátil Windows con ARM, en realidad hay tres condiciones básicas que tienen que cumplirse de forma clara: que todo siga funcionando igual que en un PC Intel o AMD, que la autonomía sea tan buena como promete la publicidad y que el precio sea sensiblemente más bajo que la alternativa x86. Si falla uno solo de estos puntos, la propuesta pierde sentido y el usuario no ve motivo para complicarse la vida.

Hoy por hoy, los chips ARM que monta Windows no superan globalmente a las mejores opciones x86 en rendimiento, la ventaja en autonomía no siempre es dramática, y el precio final de los equipos suele ser similar o incluso más alto. Si a eso sumamos que Windows para ARM todavía arrastra fallos puntuales de compatibilidad, la conclusión para muchos es simple: no hay un incentivo claro para cambiar.

Microsoft, además, no puede hacer lo que sí hizo Apple: no puede cerrar el grifo de golpe y decir que, a partir de ahora, todo será ARM. Con un parque instalado de miles de millones de equipos y un ecosistema empresarial que vive atado a software legado, cualquier movimiento brusco podría generar una reacción en cadena de problemas, fugas a otras plataformas o congelación masiva de actualizaciones. En ese contexto, forzar una transición completa a ARM parece casi imposible a corto plazo.

Apple frente a Microsoft: dos estrategias opuestas para el mismo reto

Apple ha ganado esta partida, al menos de momento, porque ha aplicado una estrategia radicalmente distinta. A la hora de migrar sus Mac a ARM, la compañía apostó por una transición relativamente rápida pero cuidadosamente planificada, apoyada en una mezcla de emulación transparente, herramientas de desarrollo potentes y un mensaje cristalino: si quieres un Mac, será con chip ARM, no hay alternativa.

La gran virtud de este enfoque es que el usuario casi no nota nada: sigue usando sus programas habituales, que se van actualizando a versiones nativas ARM sin traumas, y al mismo tiempo disfruta de mejoras tangibles en autonomía, ruido, calor y, en muchos casos, rendimiento bruto. El Mac mini con M1 fue un ejemplo perfecto: un escritorio barato dentro del estándar Apple, muy eficiente, silencioso y sorprendentemente potente para su precio. Daba más de lo que muchos esperaban de un Mac de entrada.

Con el MacBook Neo, Apple ha bajado todavía más el listón de entrada al ecosistema ARM en portátiles, planteando un equipo económico -para lo que suele ser la marca- basado en un chip de iPhone, con buena autonomía y una integración total con macOS. El usuario no tiene que pensar en arquitecturas ni en compatibilidades extrañas: compra un Mac y todo funciona como se espera de un Mac, sin más complicaciones.

Microsoft, en cambio, ha ido dando bandazos. Primero presentó Windows RT como el relevo natural de x86 para determinadas gamas, pero sin un plan sólido para poblar el nuevo ecosistema de apps. Luego, con Windows 10 y 11, ha mantenido a ARM como una especie de alternativa avanzada, interesante desde el punto de vista técnico, pero sin ser nunca el camino principal de la plataforma. Esta ambigüedad hace que desarrolladores y fabricantes no terminen de apostar fuerte por la arquitectura.

Mientras tanto, los intentos de volver a impulsar ARM con campañas como la de los Copilot+ PC chocan con los recuerdos del pasado (Surface RT) y con las dudas aún presentes sobre compatibilidad y rendimiento real. Frente a la coherencia del ecosistema de Apple, Windows on ARM sigue pareciendo un experimento en curso para muchos potenciales compradores.

Todo esto nos deja un escenario curioso: Microsoft fue de las primeras grandes en intentar llevar un sistema de escritorio completo a ARM con Surface RT, pero se estrelló; Apple llegó después con más calma, preparó el terreno durante años con sus chips de iPhone y iPad, y cuando dio el salto a Mac lo hizo con casi todos los deberes hechos. Hoy, el MacBook Neo se percibe como la materialización exitosa de una idea que en 2012 se adelantó demasiado a su tiempo en el mundo Windows.

Al final, lo que muestran todos estos intentos es que no basta con cambiar de arquitectura: hace falta que el nuevo producto mejore claramente lo que ya existe y resuelva problemas reales para el usuario, ya sea en rendimiento, en autonomía, en precio o en simplicidad de uso. En este punto, Windows en ARM sigue a medio camino, atrapado entre un pasado del que no puede desprenderse y un futuro que no termina de concretarse, mientras que el ecosistema de Apple ha conseguido que su salto a ARM parezca lo más normal del mundo.

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