En los últimos meses se ha consolidado una tendencia que está dando bastante que hablar en el ecosistema de PC: Windows 11 está perdiendo usuarios mientras que su predecesor, Windows 10, vuelve a ganar terreno. Un comportamiento que rompe con el guion habitual, donde la versión más reciente del sistema operativo suele ir imponiéndose de forma progresiva.
Los datos recogidos por la firma de análisis Statcounter apuntan a una especie de marcha atrás colectiva. Muchos usuarios, tanto particulares como profesionales, están optando por mantenerse o regresar a Windows 10, e incluso un pequeño porcentaje vuelve a Windows 7, a pesar de que ambos sistemas se consideran ya obsoletos en términos comerciales y de soporte.
Los nĂşmeros de Statcounter: Windows 11 cede terreno
Las cifras de uso de escritorio recopiladas por Statcounter muestran una curva descendente clara para Windows 11 durante el último trimestre de 2025. Después de haber logrado por fin superar a Windows 10 y situarse como sistema dominante, el nuevo Windows ha empezado a retroceder justo cuando se esperaba su consolidación.
El desglose mensual es bastante ilustrativo. En octubre de 2025, Windows 11 rondaba el 55,18 % de cuota mundial, mientras que Windows 10 se situaba en torno al 41,7 %. Un mes despuĂ©s, la diferencia ya se habĂa estrechado: Windows 11 caĂa a aproximadamente el 53,7 %, y Windows 10 subĂa hasta cerca del 42,7 %.
En diciembre de 2025 la tendencia se acentúa: Windows 11 se queda alrededor del 50,7 % y Windows 10 continúa al alza hasta el 44,6 %-44,7 % según las distintas lecturas de Statcounter. Es decir, en apenas dos meses el sistema más reciente pierde más de cinco puntos de cuota, mientras que el anterior recupera varios puntos sin que exista ya apenas venta de equipos nuevos con ese sistema preinstalado.
El dato se completa con un movimiento inesperado: Windows 7, un sistema sin soporte desde hace años, también experimenta un pequeño repunte. Las cifras de diciembre lo colocan en torno al 3,8 %-3,9 % de cuota global. Dado que no hay PCs nuevos con este sistema ni despliegues corporativos modernos que lo utilicen, cada punto que gana revela decisiones activas de usuarios que lo reinstalan o mantienen a propósito.
Todo ello dibuja un escenario en el que una parte no despreciable del mercado está abandonando Windows 11 para regresar a versiones anteriores, algo muy poco habitual en la historia de Windows, donde tradicionalmente el movimiento era justo el contrario.

El contexto: soporte de Windows 10 frente a problemas de Windows 11
La paradoja se entiende mejor si se observa el contexto del ciclo de vida de los productos. Windows 10 dejĂł de tener soporte oficial el 14 de octubre de 2025, salvo para quienes pagan el programa de Actualizaciones de Seguridad Extendidas (ESU). En teorĂa, permanecer en Windows 10 sin ESU implica renunciar a parches de seguridad crĂticos.
Lo lĂłgico tras ese fin de soporte habrĂa sido una migraciĂłn acelerada hacia Windows 11. Sin embargo, las cifras de Statcounter señalan justo lo contrario: crece el porcentaje de usuarios en un sistema que ya no recibe soporte estándar, mientras el sistema «moderno» pierde tracciĂłn. Muchos equipos nuevos, tanto sobremesas como portátiles, se llevan vendiendo desde hace más de dos años con Windows 11 preinstalado, por lo que apenas hay entrada de nuevo hardware con Windows 10.
Esto descarta algunas explicaciones fáciles. El repunte de Windows 10 y Windows 7 no puede atribuirse a nuevas ventas de PCs con esos sistemas, porque no existen. Tampoco encaja como mero «ruido estadĂstico» en la mediciĂłn: la tendencia se mantiene durante al menos tres meses seguidos y afecta de manera coherente a varias versiones de Windows.
La única lectura razonable es que buena parte de esa cuota se está redistribuyendo desde Windows 11 hacia instalaciones deliberadas de versiones antiguas. Hablamos de reinstalaciones, downgrades e incluso rollback desde instalaciones recientes. En otras palabras, usuarios que han probado Windows 11 y deciden regresar a un entorno que consideran más estable o más predecible, aunque esté oficialmente desfasado.
Para Microsoft, el mensaje es incĂłmodo: una fracciĂłn notable de su base de usuarios prefiere asumir el riesgo de usar sistemas «viejos» antes que lidiar con los cambios y problemas actuales de Windows 11. Esto sitĂşa a la compañĂa en una situaciĂłn complicada, sobre todo cuando intenta posicionar al sistema como eje central de la nueva etapa marcada por la inteligencia artificial.
Actualizaciones problemáticas, parches de urgencia y mala fama
La caĂda de Windows 11 no se explica solo por nĂşmeros; hay un trasfondo tĂ©cnico y de percepciĂłn pĂşblica que ha ido acumulando desgaste. El inicio de 2026 ha sido especialmente turbulento para el sistema, con un Patch Tuesday de enero que terminĂł generando nuevos fallos en lugar de solucionarlos.
Tras esa ronda de actualizaciones, Microsoft tuvo que publicar varios parches de emergencia fuera de calendario para corregir errores graves. Entre los problemas reportados por los usuarios destacan bloqueos al apagar el equipo, fallos en el proceso de arranque de algunos ordenadores e incidencias con la conectividad de aplicaciones en la nube, afectando tanto a entornos domésticos como de trabajo.
En algunos casos, ciertos equipos llegaron a presentar fallos tan serios que impedĂan encender el ordenador con normalidad despuĂ©s de instalar las actualizaciones de seguridad; hubo reportes concretos de bloqueo del arranque tras una actualizaciĂłn. La compañĂa reconociĂł la existencia de estos problemas y anunciĂł investigaciones en curso para determinar su alcance, pero el daño a la percepciĂłn del sistema ya estaba hecho.
A esta inestabilidad se suman otros episodios que han generado desconfianza, como la polĂ©mica en torno a las claves de recuperaciĂłn de BitLocker y su acceso por parte de autoridades como el FBI bajo determinados requerimientos legales. Aunque el debate es complejo desde el punto de vista jurĂdico y de seguridad, para muchos usuarios el simple hecho de saber que este tipo de datos puede terminar en manos de terceros ha supuesto un golpe a la confianza.
Con este trasfondo, no resulta extraño que se haya extendido la sensación de que cada gran actualización de Windows 11 viene acompañada de algún susto. En redes sociales y foros especializados se repite la idea de «otra actualización más, otro problema más», contribuyendo a esa imagen de sistema que aún no ha terminado de asentarse.
Publicidad, IA y sensación de pérdida de control
Al margen de los fallos técnicos concretos, muchos usuarios apuntan a un malestar más profundo con la dirección que ha tomado Windows 11. Durante los últimos años Microsoft ha intensificado la integración de la inteligencia artificial en el sistema, con Copilot como pieza central, además de funciones de análisis, recomendaciones y automatización repartidas por todo el entorno.
El problema es que una parte importante de la comunidad no ve estas funciones como algo prioritario. Varios analistas señalan que los usuarios rara vez han pedido estos añadidos de IA, y la sensación general es que se han introducido de forma agresiva, ocupando espacio en la interfaz y afectando al rendimiento o al consumo de recursos en segundo plano.
TambiĂ©n ha crecido la crĂtica hacia la publicidad y el contenido promocional dentro del propio sistema. Anuncios en el menĂş Inicio, sugerencias en el explorador de archivos o avisos para que los usuarios cambien a servicios de Microsoft forman parte de un patrĂłn que muchos perciben como invasivo. Todo eso alimenta la idea de que el sistema se está convirtiendo poco a poco en una plataforma de servicios y anuncios más que en una herramienta transparente.
Todo este conjunto de decisiones ha desembocado en lo que algunos expertos describen como una crisis de confianza en Windows 11. No se trata tanto de que el sistema sea incapaz de funcionar bien, sino de cómo llegan los cambios: actualizaciones que modifican funciones sin previo aviso, cambios de configuración por defecto, opciones de privacidad que hay que revisar con frecuencia y pequeños giros que erosionan la sensación de control del usuario.
En este contexto, no sorprende que se hayan popularizado campañas y etiquetas crĂticas en redes, asĂ como comunidades enteras dedicadas a desactivar funciones, «limpiar» la instalaciĂłn y recuperar comportamientos de Windows 10. El mensaje implĂcito es claro: mucha gente quiere un sistema más sobrio, menos intrusivo y sin tantos experimentos encima.
Por qué algunos prefieren volver a Windows 10 (e incluso a Windows 7)
Cuando se analiza por quĂ© tantos usuarios optan por quedarse en Windows 10 o, en menor medida, volver a Windows 7, aparecen factores recurrentes. El primero es la percepciĂłn de estabilidad y fiabilidad. Aunque Windows 10 no está exento de problemas, se considera un terreno conocido, con años de parches acumulados y un comportamiento predecible para la mayorĂa de configuraciones de hardware.
Otro elemento clave es la compatibilidad con aplicaciones y juegos. Muchas empresas y profesionales dependen de software especĂfico que se ha probado durante largo tiempo en Windows 10, y no ven urgente migrar a un entorno nuevo si el actual cumple con su trabajo diario. En el ámbito del gaming ocurre algo parecido: si todo funciona correctamente y el rendimiento es bueno, la presiĂłn para actualizar disminuye.
TambiĂ©n influyen los requisitos de hardware más restrictivos de Windows 11, como la exigencia de TPM 2.0 o ciertas caracterĂsticas de procesador. Aunque existen formas de instalar el sistema en equipos no oficialmente compatibles, muchos usuarios prefieren no complicarse con soluciones «no soportadas» y se quedan en la versiĂłn que funciona sin trucos.
En el caso de Windows 7, su pequeño pero llamativo repunte solo puede explicarse por decisiones muy conscientes. Nadie llega por accidente a ese sistema en 2026: hace falta instalarlo deliberadamente en equipos más antiguos o en máquinas que se usan para tareas concretas. Esto evidencia el rechazo que genera Windows 11 en un grupo de usuarios que, ante la elecciĂłn, se siente más cĂłmodo con una experiencia veterana, aunque suponga renunciar a caracterĂsticas modernas y a parches de seguridad.
De fondo está una idea que se repite una y otra vez en foros y comentarios: para muchos, la fiabilidad pesa más que las novedades. Entre un sistema con funciones de IA, cambios constantes y alguna actualización problemática, y otro más sencillo pero estable, una parte del público está inclinando la balanza hacia lo segundo.
La respuesta de Microsoft: promesa de centrarse en rendimiento y fiabilidad
Con este clima de desconfianza, en Redmond parecen haber tomado nota del malestar. Directivos de la compañĂa han reconocido en varias entrevistas que el feedback sobre Windows ha sido «muy claro»: los usuarios quieren que el sistema mejore de forma tangible en rendimiento, estabilidad y experiencia general, por encima de los grandes anuncios de nuevas funciones.
El mensaje que llega desde Microsoft es que 2026 debe ser el año de pulir el sistema, reduciendo el protagonismo de las novedades llamativas y centrándose en aspectos básicos que se dan por sentados: que las actualizaciones no rompan nada, que los cambios de interfaz sean coherentes y que el sistema se mantenga ágil incluso en equipos que no son de última generación.
Este giro de discurso se produce tras un periodo en el que la compañĂa insistiĂł en presentar Windows 11 como la puerta de entrada a la «PC de la era de la IA». Copilot se integrĂł en mĂşltiples rincones del sistema y se apostĂł fuerte por la computaciĂłn en la nube, con propuestas como Windows 365 para entornos empresariales. Sin embargo, la realidad del mercado ha demostrado que no basta con añadir capas de inteligencia artificial si la base del sistema no transmite seguridad.
La empresa no solo compite consigo misma; otras plataformas apuntan a la misma base de usuarios. Desde distribuciones especializadas de Linux orientadas al gaming con SteamOS, hasta el ecosistema Mac con hardware más asequible en el horizonte, hay alternativas que ganan visibilidad. En ese tablero, Microsoft necesita que Windows 11 sea percibido como un entorno sĂłlido, no solo como un escaparate de nuevas tecnologĂas.
El reto para los prĂłximos meses será comprobar si los cambios de enfoque se traducen en versiones más estables, polĂticas de actualizaciĂłn menos agresivas y una reducciĂłn de la publicidad y los elementos invasivos. Solo con hechos concretos podrá empezar a revertirse la sensaciĂłn de que cada parche puede traer asociada una sorpresa desagradable.
La situaciĂłn actual deja una imagen bastante clara: Windows 11 no atraviesa una crisis tĂ©cnica insalvable, sino una crisis de confianza. A pesar de dominar todavĂa la mayor parte de la cuota de mercado, ve cĂłmo Windows 10 —y en menor medida Windows 7— recuperan espacio en pleno ciclo de retirada, algo casi inĂ©dito. Mientras los usuarios siguen priorizando estabilidad, control y privacidad frente a la avalancha de novedades e integraciĂłn de IA, Microsoft se enfrenta a la necesidad de reconectar con esa base que, por ahora, prefiere quedarse un paso atrás antes que abrazar del todo su Ăşltimo sistema operativo.
